Logroño, capital del buen vivir

Entre viñedos y a orillas del río Ebro, Logroño, la capital de La Rioja, ciudad de paso del Camino de Santiago, ha sabido modernizarse y, a la vez, conservar su carácter tradicional. Con el tiempo se convirtió en una de las poblaciones más importantes de la ruta hacia Santiago, con un interesante conjunto monumental estrechamente vinculado al paso de los peregrinos. En el trajín diario es frecuente verlos hoy, mochila a la espalda, cruzando la puerta del Camino o puerta de Carlos V, decorada con los escudos del emperador.

A esta ciudad se viene a disfrutar con los cinco sentidos, sin prisa, caminando por sus calles repletas de actividad, porque Logroño lo tiene todo a la distancia de un paseo. El río Ebro la atraviesa, es casi una avenida más. Hay mucha vida y monumentos a su alrededor, entre ellos los propios puentes que unen las dos orillas. Dos comunican Logroño con Navarra y Álava y, el más antiguo, el puente de Piedra, permite que la ruta se adentre en la ciudad.

El chateo se eleva casi a la categoría de arte en la ‘senda de los elefantes’

En torno a la Ruavieja, tradicional calle de paso de los caminantes, aparecen importantes representaciones de la arquitectura jacobea. El albergue de Peregrinos o la conocida y frecuentada fuente de los Peregrinos son un buen ejemplo de ello.

Un paseo por la capital riojana conduce al viajero a lugares tan característicos como el Cubo de Revellín, antiguo fortín y único vestigio de la muralla, o a visitar magníficos templos religiosos como las iglesias de Santa María de Palacio, Santiago el Real o San Bartolomé, la más pequeña, antigua y menos visitada. Pero, por encima de todas, destaca la concatedral de Santa María de la Redonda, que se alza con sus dos imponentes torres barrocas en la plaza del Mercado. En el interior sobresalen las tallas de Gregorio Fernández y una crucifixión atribuida a Miguel Ángel.

 

También encontraremos buenos ejemplos de arquitectura civil que forman parte de la lista de lugares imprescindibles de Logroño: el palacio del Marqués de Legarda, del siglo XVIII (en su subsuelo se puede visitar un calado o antigua bodega); el de los Chapiteles, sede del ayuntamiento hasta 1980, cuando fue trasladado al actual, obra de Rafael Moneo; el Museo de Ciencias, al que se accede cruzando el Ebro por el puente de Hierro; o el Museo de La Rioja, que ocupa el Palacio de Espartero, una construcción barroca del siglo XVIII.

La senda de los elefantes

Otro imprescindible, sin la menor duda, es la senda de los elefantes, como es conocida también la calle del Laurel, probablemente la más popular de Logroño, no por sus monumentos ni sus museos, sino por ser el templo del tapeo. Logroñeses y foráneos recorren, a modo de procesión, los locales donde se sirven los mejores vinos y pinchos de la ciudad.

Es frecuente ver a los peregrinos cruzando la puerta del Camino o puerta de Carlos V con los escudos del emperador

Es el centro neurálgico de la diversión y el buen comer y beber. En ella se concentran unos 60 bares, nada menos, cada cual con su especialidad. Puro bar. Dos clásicos recomendables: Ángel (Laurel, 12), uno de los más típicos. Su tapa estrella es champiñones a la plancha con gamba; está siempre lleno. Y Blanco y Negro (travesía de Laurel, 1), un bar centenario y uno de los más antiguos de la zona que mantiene con mucho éxito el bocatín de pimiento verde, boquerón y anchoas. Por cierto, ¿por qué Laurel se llama la senda de los elefantes? Muy sencillo: según los logroñeses, es más que probable que, tras recorrerla, se salga con una trompa monumental y a cuatro patas…

Calados

La cultura del vino en La Rioja viene de muy lejos. Los calados o bodegas subterráneas se han utilizado desde la Edad Media para la elaboración y la crianza de vino. Cada vivienda tenía, bajo el nivel del suelo, una construcción de piedra, con una bóveda de medio cañón construida con sillares.

Las calles más antiguas de la ciudad conservan varios calados que pueden visitarse. Uno de ellos, de propiedad municipal, es San Gregorio, en el número 29 de la Ruavieja. Tiene una longitud de 30 metros, una altura de 4,5 metros y bóveda de cañón, todo en piedra de sillería.

Cinturón verde. En 1993 Logroño recuperó para ocio y esparcimiento de sus habitantes la orilla derecha del río Ebro. El Parque del Ebro forma parte de un cinturón verde situado en la parte norte. Es la mayor zona verde de la ciudad con una gran variedad de especies ornamentales y autóctonas típicas de las zonas de ribera, como chopos, sauces, abedules o fresnos. Es un entorno natural muy frecuentado por los logroñeses.

Puentes. De todos los conservados, el puente Mantible es el más antiguo, pero solo se conserva una pequeña parte de lo que fue, y ya no une las orillas. No está claro su origen. Hay quien dice que es romano y otros que es medieval. Acercarse hasta esta zona, al norte de la capital, dando un paseo o en bicicleta, es especialmente grato en días soleados, cuando los viñedos se encuentran en todo su esplendor o en otoño cuando se tiñen de colores rojos y ocres. El puente más moderno es el de Sagasta, construido en 2003.

Vía elpais

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