La educación de los adolescentes: ¿Innovación o vuelta al pasado?

Vivimos en una época de cambio de paradigmas. La “modernidad líquida” (Zygmunt Bauman), una forma de llamar a esta época, trajo aparejado nuevos modos de relación, cambios en las organizaciones, nuevos modelos de familia, la irrupción de internet y el mundo virtual, todo lo cual hace que las sociedades en las que vivimos ya no sean como antes. Esto afecta sin lugar a dudas a la educación y por ende a la escuela como institución.

El paso de milenio y, por ende los cambios culturales, está marcado, entre otras cosas, por lo que se da en llamar ‘innovación’. Esta palabra funciona como un verdadero cajón de sastre que se utiliza para tratar de dar respuestas a muchas cuestiones muy diversas.

La palabra ‘innovación’ funciona como un cajón de sastre

Innovación es una palabra mágica. Suele ir unida a otras como emprendedor, evaluación, coaching, nuevas tecnologías, etc. En el caso de la educación hay una presión que empuja en la dirección de la innovación y la tecnología.

Se dan paradojas muy interesantes. Hace pocos años en nuestro país se acometió un intento de “modernizar” la escuela a través de la entrega de ordenadores a los alumnos. Se asociaba el ordenador a la modernidad. Sin pensar en su uso, sin pensar en el contexto, en los programas, en la formación de los profesores, en las dinámicas de clase. Otro ejemplo es que se sigue hablando de “nuevas” tecnologías, cuando forman parte de nuestra vida desde hace años.

Se sigue hablando de “nuevas” tecnologías, cuando forman parte de nuestra vida desde hace año

Muchas de estas paradojas muestran una escuela que cambia su ropaje, cambia por fuera, sin embargo, no hay un verdadero replanteo acerca de su función en la sociedad actual. Pensamos esto, especialmente, cuando hablamos de la educación de los adolescentes.

La educación, en la actualidad, se debate entre, por un lado, una “falsa” modernidad, y por otro la nostalgia. Esta última, en los debates de los maestros, se manifiesta con frases como: “los chavales no se esfuerzan”, “no les interesa nada”, “pasan de todo”. Lo que pone de manifiesto un discurso de la impotencia que tanto malestar genera en el profesorado.

A pesar de los intentos de reformar, estos cambios suelen ser más bien cosméticos. Por ejemplo, los notables esfuerzos por copiar el sistema finlandés en algunas escuelas (cantidad de niños en el grupo clase, dimensiones del aula, formas de trabajar). Sin embargo, lo central de este sistema y su gran éxito, pasa por los modos de selección del profesorado y la formación que reciben y esto no se replica.

Una profesora imparte una clase de matemáticas con ordenadores en el aula.

¿Qué ocurre en el caso de los adolescentes? Su vida y su contexto pasan por otro lugar, más propio del siglo XXI que del siglo XX

La escuela como la conocemos es más propia del siglo XX. La formación dada a los profesores se basa en modelos del siglo pasado. Todo esto nos muestra una distancia, una escuela claramente desfasada en relación a los adolescentes con los que trabaja.

Por supuesto que hay excepciones, hay profesores de esta nueva generación, por ejemplo, que se sienten cómodos trabajando con sus alumnos bajo nuevas modalidades.

Hoy, gracias a internet, un joven puede acceder a información que en otra época sería imposible. De manera que el saber ya no está más físicamente y necesariamente en la escuela. Ni el profesor sabe de todo. En cambio, el modelo que se propone es el de un adolescente que pase horas sentado escuchando a un profesor hablar de cosas que no le interesan o que cree no interesarle.

El saber ya no está más físicamente y necesariamente en la escuela

Evidentemente hay saberes necesarios y hay otros por descubrir, también otros que claramente son innecesarios o repetitivos. La función de la escuela puede ser la de ayudar a que se pueda amar lo que se aprende, a que cada uno pueda querer lo que se desea y buscarlo. Ayudar al adolescente a que canalice sus preguntas. Ayudarlo a que encuentre su camino.

La adolescencia es un momento de mucha fragilidad y confusión. Es un momento de inquietud. No es tiempo de quietud, ni de silencio. No es tiempo para la uniformidad.

Se ha de ayudar al adolescente a despertar su interés, su curiosidad, a que haga y se haga preguntas, acerca de su vida, de su entorno (cercano y más alejado). Que pueda conversar con otros, que aprenda a pensar y no a repetir. Que el error sea utilizado como una oportunidad y no como algo que se ha de penalizar.

Se ha de ayudar al adolescente a despertar su interés, su curiosidad, a que haga y se haga preguntas, acerca de su vida, de su entorno

En las escuelas muchas veces se dan encuentros positivos, son aquellos en los que se genera la transferencia al educador, consecuencia del respeto que despierta, que no es otro que el que sabe y ama lo que enseña y que sabe cómo transmitirlo.

La escuela debería promover más la conversación. Para eso es necesario crear espacios y tiempos para que se desarrolle. El tiempo de la escuela se debería utilizar de otra manera.

En definitiva, vemos que en el fondo se trata de volver a lo sencillo. El hecho educativo se juega en la relación entre el alumno y el profesor.

Vía La Vanguardia

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