Córdoba, donde veranean los argentinos que no quieren playa

Lo primero que te recomiendan, nada más llegar a Córdoba, es tomarte un Fermet con Coca-Cola. No hay otra bebida para los cordobeses que no sea esta combinación entre el licor italiano Fermet Branca y el refresco más famoso. Ellos la toman tanto como pueden. Antes del asado o cuando salen de copas, y hay mucho de ambas cosas en esta ciudad, la segunda más grande de Argentina.

A Córdoba, sin embargo, no se va a sólo a beber y comer carne. Es verdad que hay mucho de ambas cosas. No podría ser de otro modo en una ciudad universitaria. Pero si los argentinos eligen Córdoba como uno de sus destinos preferidos para ir de vacaciones es por el clima seco y el paisaje serrano.

La ciudad tiene un centro histórico relevante en torno a la plaza San Martín. El general libertador de Argentina monta a caballo y señala hacia el oeste, la cordillera de los Andes que cruzó en 1817. La plaza es el centro de la ciudad, sirve de mercadillo y ágora. La fachada del cabildo ordena un espacio que mantiene la armonía arquitectónica de la época colonial.

Los españoles fundaron Córdoba en 1573 para protegerse de los indios comechingones. Los jesuitas fueron su motor religioso, cultural y económico. Luego llegó gente de otros pueblos y creencias. Hubo una fuerte inmigración siria y libanesa a partir de 1880, comerciantes que conservaron el árabe y que hoy forman una de las comunidades más dinámicas de la ciudad.

Los jesuitas llegaron en 1587 y abrieron la universidad en 1613. La biblioteca es una maravilla. Allí se guarda un ejemplar, editado en Londres en 1679, del “Tractaus Legibus”, de Francisco Suárez, una obra que 200 años antes de la revolución francesa dice que, si bien el poder emana de Dios, desciende directamente al pueblo, sin pasar por la intermediación del monarca.

La catedral atrae a los visitantes que siguen los pasos de Jorge Bergoglio. El papa Francisco vivió aquí dos años. Estos edificios, agrupados en la manzana jesuítica, son patrimonio cultual de la humanidad.

Los argentinos, en todo caso, prefieren los alrededores de Córdoba, los valles de PunillaTraslasierra Calamuchita, paisajes repletos de bosques, ríos y pastos que este verano austral que está a punto de arrancar se van a llenar de visitantes.

Los europeos, sobre todo, ingleses y alemanes, se instalaron aquí a partir del siglo XIX. Es un buen lugar para vivir. Lo fue para los judíos alemanes que lograron huir de la shoa y, después de ellos, para los nazis que buscaron una nueva identidad al final de la Segunda Guerra Mundial. Aún puede visitarse villa Edén, en el pueblo de la Falda, un complejo de lujo en el valle de Punilla para los nazis acogidos por el régimen de Perón.

La casa del Che Guevara en Alta Gracia, hoy convertida en museo

Más al sur, Alta Gracia conserva el encanto de las localidades estivales, con sus mansiones y campos de golf. Aquí vivió la familia Guevara entre 1932 y 1943. Su hijo Ernesto era asmático y el clima le favorecía. Una casa museo lo recuerda. Hoy tendría 89 años y sus amigos hablan en un vídeo de sus correrías infantiles. Explican que jugaban a golf, iban en bicicleta y leían las novelas de Julio Verne y Anatole France. También se colaban a robar naranjas y limones en la finca de un músico mayor y enfermo. Era Manuel de Falla.

Falla vivía en una casa, hoy también convertida en museo, que se llamaba Los Espinillos. Llegó a Alta Gracia en 1942. Padecía tuberculosis y la humedad de Buenos Aires no le sentaba bien. La casa es elegante y el mobiliario muy austero, buen reflejo de la identidad del maestro. En la sala del piano compuso La Atlántida, su última gran obra. Murió aquí mismo, en 1946, en una cama que parece la de un monje.

Retrato de Paula Olzina, reina de las hierbas medicinales, en Los Molinos

Retrato de Paula Olzina, reina de las hierbas medicinales, en Los Molinos (Xavier Mas de Xaxàs)

El valle de Calamuchita, un poco más hacia el sur después de Alta Gracia, está dominado por los lagos y los bosques de coníferas. En la garganta del dique del lago Los Molinos hay una pequeña comunidad de 35 casas, la fachadas pintadas con motivos naturales. Una de ellas, muy amarilla, la ocupa un retrato gigante de Paula Olzina, la señora de las hierbas medicinales.

En el restaurante San Cayetano, una casa de comidas al pie de la carretera, sirven pejerrey a la cerveza. Cerca de allí se encuentra Villa General Belgrano, un pueblo alemán, con sus chalets, sus salchichas y cervezas artesanas y un poco más adelante, en medio de unos bosques que a los pioneros deberían recordarles la Selva Negra, está La Cumbrecita, el primer pueblo peatonal del mundo.

Los Espinillos, la casa de Manuel de Falla en Alta Gracia
Los Espinillos, la casa de Manuel de Falla en Alta Gracia (Xavier Mas de Xaxàs)

El valle de Punilla se abre hacia el norte de Córdoba y sobre él se extiende un manto místico. La mayoría de los visitantes acuden atraídos por los balnearios, los campos de golf y los atardeceres de postal, pero otras personas dicen que les atrapa el esoterismo, el magnetismo del Uritorco, un pico de casi 2000 metros, a donde suben a ver ovnis, aunque luego, lo que más vean volar, sea el cóndor, con las alas desplegadas (3,4 metros de envergadura) remontando las corrientes, mucho más majestuoso que cualquier nave extraterrestre.

Los viajeros más intrépidos pueden saltar en parapente desde Cuchi Corral, justo sobre las pendientes donde habita el cóndor. Pregunten por Pablo Jaraba y fíense de él. Lleva más de 6.000 horas de vuelo sin un solo accidente. Si lo que quieren es volar con motor o saltar en paracaídas han de ir a ver al suizo Andy Hediger en La Cumbre. Tiene un pequeño aeroclub que se llama Aerotelier. Él sí tuvo un susto enorme. Lo explica en Airman, una película sobre la pasión por volar y la fuerza de superación.

Aerotelier en La Cumbre

Aerotelier en La Cumbre (Xavier Mas de Xaxàs)

Muy cerca de Cuchi Corral y de La Cumbre vive Carlos Rosas, un hombre que habla despacio y tiene los pies en el suelo. Cultiva truchas, las cocina con salsas extravagantes -vodka con pistacho o champgane con caviar- y habla mucho de la fuerza espiritual que rodea La Tramontana, un rancho de 200 años que hoy es su hogar.

A veces, por la noche, dice que es posible escuchar lamentos en el “valle de los espíritus”. “El lugar -añade- acumula energías que se manifiestan alegrando el espíritu de la gente que medita y busca, y sabe leer los mensajes que la vida envía a diario y que en el ajetreo de la cotidianiedad, en la gran ciudad, es difícil de captar”.

Rosas tiene muy claro que “aquí en la tierra hay alguien más”, no sólo hombres y animales. Luego abre una botella de la bodega El Estero, un malbec de Salta, y habla de un vecino ilustre, Manuel Mújica Laínez, “que tenía una casa por aquí, a la que llamaba El Paraíso, donde escribía a mano, en cuadernos de tapas duras, con su lapicera de pluma descubierta”. La gente lo llamaba Marucho y el decía que “la belleza es casi mi religión”.

Pasa un venteveo, un pájaro pequeño con el pecho amarillo, y Rosas lo sigue con la mirada y después de un largo silencio dice que “yo he visto a gente venir aquí y ver el prado, el sauce, el rancho, y llorar de felicidad”.

Vía La Vanguardia

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