Xiomara, la mujer que tiene el don de hablar con animales

Llegué más temprano de lo acordado a la entrevista. En la sala de espera estaba una mujer que había sacado del abandono a una perra. Ella estaba segura de que, al igual que la primera vez, Xiomara Rodríguez le diría todo lo que pensaba su mascota, en vísperas de su matrimonio. Yo guardaba silencio con mi gato amarillo: Ron. No quería soltar ninguna pista de su historia, menos delante de la asistente de una mujer que aseguraba hablar con los animales.

Esperaba con incredulidad, lo acepto, pero, una hora después de una larga conversación con una paciente, al fin salió del consultorio. Estaba feliz, también la linda golden retriever.

Después de un saludo cordial, entré a su despacho, mientras mi gato daba vueltas por el lugar. “Ha estado hablando todo el tiempo. Dice que quiere una poltrona en la que se pueda hundir, pero que sea alta para mirar por la ventana, que por favor le juegue más, que se aburre mucho, que le gusta la sensación de vacío, como cuando se sube al clóset y salta”. Ron decía, telepáticamente –como dice ella comunicarse–, que no le gustaba que la arena estuviera gruesa porque se ensuciaba el cuerpo, y que esa sensación no le agradaba.

Hasta ese momento, pensé, todo podía ser deductivo, es decir, ¡son cosas normales que le gusta hacer a un gato! Hasta que me dijo: “Él disfruta el agua en movimiento. Cuando usted abre la llave, mete sus patas y juega con el agua”. Eso solo lo hace Ron, las otras dos gatas que tengo, ¡nunca! 

Entonces captó mi atención. Ron me estaba diciendo, a través de Xiomara, que había ruidos que lo asustaban, que cuando se me arrunchaba buscaba tranquilizarme porque él sabía que mi cabeza iba y venía por muchos temas. También le gustaba el collar que le había puesto porque así nadie lo iba a sacar de su casa y que cuando abría la puerta a él le gustaba asomarse, pero que tranquila, que él no se iba a salir. “Le gusta mucho una ventana por donde le entra brisa, y que deje de regañarlo cuando huele las cosas, que él solo disfruta de los aromas”.

Hasta ese momento, él solo había dicho lo que se le ocurría. Luego le dije a Xiomara que si le podía hacer preguntas. “¡Claro!”, dijo con tranquilidad.

Revelaciones

¿Cómo lo trataban antes de llegar a mi casa?, pregunté. Dice que vino de una camada enferma, que sentía mocos, debilidad, que aguantó mucha hambre, que tenía una sensación de pellizcos en el estómago, y que todo el tiempo estaba con la piel irritada. Agregó, según Xiomara, que ahora se sentía bien, que le gusta cuando lo acaricio con la yema de los dedos en el lomo porque en ese momento se siente conectado.

Entonces pensé en hacer una pregunta más específica. ¿Será que Ron me puede decir cómo le va con sus amigos?, ¡Claro!, respondió, otra vez con ese tono de seguridad que me desconcertaba, más aún porque yo no le había dicho nada de nada sobre mis otras dos gatas.

Dice que son dos, que hay una que nunca quiere estar con él, que lo quita, pero que, en cambio, la otra sí juega, que se ponen bruscos y que desde que llegó él, ella se siente tranquila, que lo único malo es que le gusta comer mucho, y dormir. En efecto, ese es el trato que Ron tiene con Uva y Lupe, las gatas que adopté hace más tiempo. 

También coincidió en que una de ellas es muy miedosa, que guarda sus distancias y que por eso a él, a Ron, le da muchas ganas de ir a asustarla. “Ella se pone brava y me hace grrr”, dijo Ron, bueno, dijo Xiomara que dijo Ron.

Luego le pregunté por qué él solía esperar a mi esposo en su lado de la cama. Respondió que él necesitaba sentir que un humano le pertenecía, porque las otras dos se la pasaban acostadas encima mío. “El papá y yo somos solidarios, él sí juega, me encanta cuando me tira a la cama. Lo que no entiendo es por qué se pone bravo cuando lo muerdo si él también me espicha”, dijo Ron, según Xiomara.

En la misma sesión, Ron le contó a la mujer que yo tenía dos hijos, y que jugaba con uno porque sentía que el otro lo veía con fastidio porque molestaba mucho, que los dos peleaban, pero que eso era porque las reglas en la casa no eran claras y que pasaban mucho tiempo solos. “Al niño lo regañan por todo y a la niña le gusta competir, a la gata grosera le gusta estar con ella”, dijo Ron.

Al niño lo regañan por todo y a la niña le gusta competir, a la gata grosera le gusta estar con ella

En cuanto a las visitas en la casa, Ron dijo que a él le agradan más que a las otras dos gatas y que le gusta ir a contarles qué está haciendo la gente. “Yo trato de tenerlas tranquilas, aunque no me pongan atención”. 

En la sesión, Ron habló hasta de la comida; dijo que prefería ver el plato lleno, que tranquila, que él no comía por ansiedad, solo cuando tenía hambre. Agregó algo que no tenían que saber: cuál de las gatas vomitaba. “A la grosera le estresan mucho los cambios y el acelere de la familia”. En efecto, una de las gatas suele tener ese comportamiento.

Así, con una risa nerviosa del fotógrafo y de la periodista, terminó la sesión personal; ahora tenía que saber de dónde le había surgido semejante don.

Vía El tiempo.com

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