Los Reyes Magos: historia y leyenda

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Caracas.-“Tan tan, van por el desierto /Melchor y Gaspar / Les sigue un negrito que todos le llaman el rey Baltasar”. Esta estrofa de un famoso villancico navideño resume mucho de lo que creemos conocer acerca de tres de los personajes más queridos de la Navidad: aquellos hombres sabios que, guiados por una estrella, atravesaron extensos desiertos para adorar a un niño nacido en un humilde establo.

Pero el evangelio de Mateo, el único que menciona a los Reyes Magos, apenas proporciona información sobre su identidad y origen. La inmensa mayoría de los elementos asociados a ellos, como su número, nombres, apariencia o destino posterior se debe a lo que el inmenso poder de la imaginación humana ha hecho con apenas unas pocas líneas de la Biblia. El proceso que convirtió a estos misteriosos personajes en lo que son hoy es complejo y emocionante. Y de eso hablaremos a continuación.

Orígenes persas

Solo doce versículos dedica el evangelista Mateo a los Reyes Magos. Y dice muy poco acerca de ellos. Únicamente refiere que eran sabios, venían de algún lugar indeterminado de Oriente, seguían una estrella, se entrevistaron con el rey Herodes el Grande, regalaron al niño Jesús oro, incienso y mirra y volvieron a sus países. Nada de nombres, número exacto y datos precisos sobre su tierra de procedencia. Entonces, ¿quiénes eran?

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Una clave la proporciona el termino que usa Mateo para mencionarlos: “Magos”. Esta palabra designa a una casta sacerdotal activa hace miles de años en Persia, correspondiente al actual Irán. Eran seguidores de la fe mazdeísta, fundada cinco siglos antes de Cristo por un profeta llamado Zoroastro. Esta religión, que todavía existe hoy, tiene muchos parecidos con el judaísmo y el cristianismo: fe en un único dios (Ahura Mazda), creencia en un cielo e infierno, expectativa en un juicio final y esperanza en la llegada de un Mesías o Salvador universal.

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Los magos persas eran famosos por sus grandes conocimientos de astrología. Estudiaban constantemente los cielos y registraban los movimientos de los astros para hallar signos del futuro. Por ello eran muy apreciados como consejeros en las cortes de los reyes.

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La estrella de Belén

Los Magos del evangelio eran, pues, sacerdotes-astrólogos persas que cruzaron más de mil kilómetros de desierto entre Persia e Israel siguiendo una inusual estrella aparecida en el cielo.

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La cuestión sobre su identidad ha generado debates a lo largo de los siglos. Por mucho tiempo se creyó que pudo ser un astro especial y único aparecido en el cielo para tan magna ocasión. Santo Tomás de Aquino argumentó en el siglo XIII que quizás fuera una estrella creada en aquel momento, no en el cielo, sino en el aire cercano a la tierra. La posibilidad de que se tratara de un cometa también ha gozado de gran popularidad, sobre todo desde que el pintor italiano Giotto, impactado por el entonces reciente paso del cometa Halley por el sistema solar, representara la estrella de Belén con ese aspecto en un famoso fresco pintado a comienzos del siglo XIV.

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La ciencia moderna ha demostrado que después de todo, pudo tratarse de un fenómeno o conjunto de fenómenos astronómicos reales ocurridos durante la década previa a los comienzos de la era cristiana. Hay que precisar que en la antigüedad, la palabra “estrella” se aplicaba también a planetas, cometas o a cualquier otro objeto brillante del cielo.

Una de las teorías más aceptadas hoy habla de un fenómeno rarísimo que solo se repite cada ochocientos años: una triple conjunción planetaria. Rastreando la posición de los astros en el cielo de Judea durante las posibles fechas del nacimiento divino, se descubrió que a lo largo de varios meses, entre los años 7 y 6 antes de Cristo, las órbitas de Júpiter y Saturno coincidieron tres veces en el cielo nocturno, estando ambos planetas pasando por la constelación de Piscis. Marte se les unió más adelante. Vistos desde la tierra, todos estos planetas juntos pudieron lucir como un único astro brillante.

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Como los planetas tenían importantes significados para los pueblos antiguos (Júpiter era la “estrella” asociada a los reyes) y la constelación de Piscis se relacionaba con los judíos e Israel, quizás los Magos vieron en este hecho el anuncio de que un nuevo y poderoso rey nacería en tierras hebreas.

Números, nombres, razas, regalos

Volviendo a los Magos, ya sabemos su posible procedencia. Pero, ¿cuántos eran? ¿Y cómo se llamaban?

La cuestión del número también tuvo varias versiones. Desde muy antiguo se habló de dos Magos, de cuatro, de diez o de doce (esta última fue una de las opciones más populares, pues doce fueron también los apóstoles y las tribus bíblicas de Israel). La iglesia copta incluso llegó a hablar de sesenta sabios.

Pero la tendencia al trío se impuso desde temprano como la mejor candidata. Ya en el siglo tercero Orígenes, uno de los padres de la iglesia, decía con mucho sentido común que si el evangelio hablaba de tres obsequios, lo más sensato era considerar que fueron tres los Magos. Dicha cifra tiene una gran importancia, pues es el número divino por excelencia, simboliza las tres edades del hombre, las tres personas de la Trinidad, los tres momentos del día, las tres virtudes teologales y un larguísimo etcétera

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Aunque la Biblia no los llama “reyes”, se les empezó a designar de este modo desde el siglo tercero. Probablemente se debió a que la magia era mal vista por la Iglesia y no se quería asociar aquella práctica con los adoradores extranjeros del Mesías. No se eliminó el término “Mago”, pues ya estaba establecido en el evangelio, pero se antepuso su nueva condición de monarcas fastuosos. Esta imagen quedó afianzada desde la Edad Media, cuando figuraron en el arte con mantos de armiño y testas coronadas, en actitud de vasallaje ante el niño Jesús.

Sus nombres también variaron en los primeros siglos, pero los definitivos no aparecieron hasta el siglo VI en un mosaico de la iglesia de San Apollinaire Nuovo en Ravena, Italia, donde ya se les nombra como Baltasar, Melchor y Gaspar.

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Asimismo, hay que notar un par de cosas acerca de esta obra. En primer lugar, los Magos salen vestidos a la usanza persa, portando gorro frigio, capa y pantalones. Aún no se había consolidado la tendencia a representarlos como reyes.

En segundo lugar, todos lucen como europeos. No hay un rey de piel oscura. Por varios siglos a Baltasar se lo describió como “fuscus”, esto es, “bronceado” o “moreno”, pero sin llegar a los rasgos africanos actuales.

La última y definitiva metamorfosis de los Reyes Magos tuvo lugar a finales del siglo XV. Por esa época empezó la era de los descubrimientos y la iglesia expandió su área de evangelización a diversas regiones de África, América y Asia. En consonancia con este espíritu ecuménico, se  asoció a los sabios de Oriente con cada una de las razas que poblaban la tierra según se creía entonces. Así, Melchor pasó a simbolizar a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar se volvió embajador de las naciones africanas al oscurecer definitivamente su piel.

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Los regalos también rebosan de referencias simbólicas. El oro, por su condición de metal precioso por excelencia, alude a Cristo como rey. El incienso, resina derivada de un árbol árabe y muy usada en ceremonias religiosas, hace alusión a su divinidad. Y la mirra, otra resina utilizada como analgésico y ungüento para embalsamar cadáveres, remite a la condición humana y mortal del Hijo de Dios. También se relaciona a cada obsequio con una persona de la Trinidad: El Padre (oro), el Hijo (mirra) y el Espíritu Santo (incienso).

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Reliquias y catedrales

“Regresaron a su país por otro camino”. Esto es lo último que dice el evangelio de Mateo sobre los Reyes Magos. A partir de aquí su rastro desaparece de la historia. Pero, de nuevo, las leyendas y tradiciones han sido muy fructíferas a la hora de llenar este vacío.

Una historia cuenta que tras despedirse de Jesús, los Magos abordaron una barca en el puerto de Tarso con rumbo a sus tierras de origen, pero una tormenta los desvió y llegaron a la India. Por alguna razón permanecieron allí por décadas hasta que el apóstol Santo Tomás los encontró, bautizó y consagró obispos. Se dedicaron entonces a predicar el evangelio, murieron presumiblemente mártires y fueron enterrados juntos.

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En el siglo cuarto, la emperatriz cristiana Santa Helena localizó los supuestos huesos de los Magos durante una peregrinación a Tierra Santa y los trasladó a Constantinopla, entonces capital del imperio romano y hoy llamada Estambul.

Las presuntas reliquias pasaron luego a la iglesia de San Eustorgio de Milán. Esto se debió (siempre según las leyendas) a que fueron un regalo del emperador Constantino a san Eustorgio cuando éste acudió a la corte imperial para confirmar su designación como arzobispo de Milán.

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Los huesos de los Magos permanecieron en Italia hasta 1164, Cuando el emperador alemán Federico I Barbarroja conquistó Milán a sangre y fuego, se apoderó de las reliquias y las donó a su canciller Reinald de Dassen, quien las llevó a la ciudad alemana de la que era arzobispo: Colonia.

Tras la llegada de los restos a Colonia, se comisionó al maestro Nicolás de Verdún para que fabricara un sarcófago digno de ellos. La labor tomó más de cuarenta años (el propio artista murió sin verlo acabado) pero el resultado es sorprendente: con sus 110 centímetros de ancho, 153 de alto, 220 de largo y exquisito trabajo en oro y piedras preciosas, es el relicario más grande de Occidente.

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Como la ciudad de Colonia se volvió un importante destino de peregrinación, las autoridades locales decidieron que los Reyes Magos merecían un templo aún más grande. En consecuencia, se demolió la vieja iglesia y se empezó en 1248 la construcción de una nueva catedral en estilo gótico, entonces de moda en Europa. Las obras se extendieron durante 632 años y finalizaron definitivamente en 1880. La actual catedral de Colonia, con sus torres de 157 metros de altura, es una de las más grandes e impresionantes de Europa.

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¿Son realmente los restos de los Magos las reliquias que allí se veneran? Quizás siempre será una cuestión de fe.

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