Eduardo Mendoza gana el Premio Cervantes 2016

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Alguna vez, en una de esas encuestas un poco para nada que hacemos en los periódicos, un grupo de escritores y críticos eligió las dos novelas más valiosas escritas en España durante el periodo de la transición a la democracia. El podio lo ocuparon dos libros aparentemente complementarios pero, a su manera, paralelos: Todas las almas, de Javier Marías, y La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Es decir: una novela con ambiciones intelectuales elevadas y otra de disfrute inmediato. En el libro de Marías, los españoles de Madrid iban a Oxford, daban clase de literatura y tenían bastante éxito sexual; en el de Mendoza, los españoles de Barcelona volvían a contarse su propia historia, se reencontraban con su pasado y con un sentido de justicia perdido. Muchos años después y con Marías autoexcluido de la competición, el Premio Cervantes, el más prestigioso de la literatura en español, ha elegido a Eduardo Mendoza para su palmarés. El fallo es, entre otras cosas, una manera de subrayar la historia de la narrativa española de esa época.

La verdad sobre el caso Savolta (1975), igual que La ciudad de los prodigios (1986), la otra gran novela de Mendoza, es manos o menos fácil de contar: los dos son grandes collages en las que las tramas y las subtramas se enredan para construir un paisaje, que es lo que verdaderamente importa: la Barcelona de la primera mitad del siglo XX, sus clases sociales, su historia económica, sus migraciones, sus disturbios… De memoria, los dos libros son un poco Manhattan Transfer con más época y menos cubismo, un poco Los Buddenbrook, un poco La plaza del diamante… y con una piel atractiva, apta para el gran público. Parte de su éxito se debe al momento: la narrativa española, que llevaba en obras por reforma desde los años 60, desde la época de Tiempo de silencio, estaba preparada para proclamar su propia liberación en 1975. De repente había un público nuevo (y abundante) y unas expectativas nuevas, los complejos y las obsesiones del franquismo quedaban atrás. España estaba deseando un libro como La verdad sobre el caso Savolta. Los escritores más experimentales, los Julián Ríos y compañía, podían irse a París a seguir su vida.

 ¿Quién era Eduardo Mendoza? Una especie de novio perfecto para la España de la Transición: guapo, elegante, educado, cosmopolita… Un hijo del régimen, como tantos, que había matado al padre sociológico pero amablemente. Había estudiado Derecho y había vivido en Nueva York, trabajando en la ONU. Era un outsider en la literatura, un hombre de maneras exquisitas y con buen humor, que apelaba a los viejos valores de la novela: hay que gustar, hay que divertir, hay que tratar bien al lector. Y eso, sin ser un inane.

Hace unos años, Mendoza escribió sobre “las novelas de sofá“. Al principio, la categoría parecía un reproche, pero no: las novelas de sofá estaban en el lugar justo entre las novelas de tumbona y las de silla incómoda. En eso ha consistido su carrera: en escribir historias que están en el sitio justo, a un paso de la literatura popular (novelas de humor, novelas de detectives, novelas históricas…) pero que dignifican esa tradición. El ciclo llevó hasta Riña de gatos, la novela de Mendoza que ganó el Premio Planeta y que se presentó como la versión madrileña de La verdad sobre el caso Savolta. Miles de lectores, incluido Javier Marías (uno de sus grandes defensores) celebrarán hoy su Premio Cervantes.

Via EL MUNDO

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