Capillas de huesos: Santuarios de lo macabro

Las calaveras y los esqueletos son elementos destacados de la Noche de Brujas, junto con las calabazas, las brujas, los fantasmas o los vampiros. Nunca deja de inquietar su recordatorio de nuestro destino final.

Pero aunque los huesos tengan un uso principalmente juguetón en Halloween, no siempre fue así. En otros siglos la expectativa de vida era mucho menor a la actual. La peste, las epidemias y las guerras estaban a la orden del día. Si el nuestro es un tiempo de culto a la vida, los pasados lo fueron de la muerte, una compañera muy presente en todo momento.

Hubo quienes llevaron esta obsesión por el fin de la existencia a niveles verdaderamente insólitos, pues convirtieron espacios de culto en auténticos santuarios de la muerte. Son las “capillas de huesos”, llamadas así por estar decoradas con osamentas humanas. Aunque puedan resultar morbosas a la sensibilidad moderna, en su día tuvieron un uso acorde con su realidad cotidiana: reflexionar sobre la fugacidad de la vida, la inutilidad de todo esfuerzo humano…y de paso darles un uso a los muchos restos que generaban los cementerios aledaños.

Hoy subsisten varias de estas capillas en países europeos de profunda tradición católica, como España, Italia, Portugal, Austria, Alemania, Polonia o República Checa. En las líneas que siguen se habla de cuatro de las más impresionantes.

Cripta de los capuchinos de Roma

La Vía Véneto de Roma es una de las calles más exclusivas de la Ciudad Eterna. El director Federico Fellini ambientó aquí buena parte de su clásica película “La Dolce Vita” (1960) y en sus aceras destacan tiendas, hoteles y restaurantes de lujo, así como la embajada de Estados Unidos en Italia.

Entre tanto frenesí vitalista se encuentra una pequeña iglesia que a simple vista no destaca de entre las cientos que pueblan la ciudad. Fue construida en el siglo XVII y es la primera de la historia consagrada a la Inmaculada Concepción, dogma que no sería proclamado como tal hasta 1854. La edificación recibe el nombre de “Santa María de la Concepción”.

Aunque este templo tiene alguna obra artística de interés (como el San Miguel Arcángel de Guido Reni, reproducido hasta la saciedad en estampitas religiosas) su fama se debe a lo que alberga su subsuelo, y que en su día impresionó al mismísimo marqués de Sade o al escritor estadounidense Mark Twain, quien lo definió como “un espectáculo para nervios sensibles”.

A lo largo de un pasillo de 40 metros de largo se distribuyen seis criptas, cinco de las cuales están repletas con las osamentas de más de cuatro mil monjes capuchinos fallecidos entre comienzos del siglo XVI y 1870. Los huesos están distribuidos por todo el lugar formando motivos artísticos y hasta lámparas. Cada cripta tiene el nombre de algún hueso (de las calaveras, de las caderas, de las tibias y fémures). Incluso pueden verse varios cuerpos semimomificados de frailes con sus hábitos puestos, de pie o acostados.

Especialmente macabra es la última cripta, que alberga los esqueletos de tres niños cuya identidad es incierta, aunque se piensa que pudieron ser jóvenes príncipes Barberini, familia a la que pertenecía el papa Urbano VIII, constructor de la iglesia. Uno de ellos está adosado al techo y en las manos porta un reloj de arena y una guadaña, símbolos del carácter efímero de la vida.

Capilla de los huesos, Évora

Situada en la región del Alentejo y a pocos kilómetros de Lisboa, Évora es una de las ciudades más interesantes de Portugal. Su centro histórico es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y allí es posible pasearse por diversas épocas artísticas, desde la antigüedad clásica hasta el barroco.

Junto a la iglesia gótica de San Francisco, se alza la que quizás sea la atracción más visitada de la ciudad. Una inscripción en la entrada da una idea de lo que se verá en su interior: “Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”.

Ante el visitante se despliega una escena que rara vez olvidará en su vida: 5 mil cráneos y osamentas adheridos con argamasa marrón y repartidos a  lo largo de las seis columnas y tres naves que constituyen la capilla de los huesos de Évora, obra de tres frailes franciscanos que entre 1460 y 1510 se dedicaron a recolectar los miles de restos de un cementerio cercano y disponerlos de tal forma que no dejaran dudas a quien los viera sobre su mensaje: La vida es un suspiro y el cuerpo un mero envase del alma. En todo el edificio abundan las inscripciones en ese sentido: “Es mejor la muerte que el nacimiento”, dice una de ellas.

Todos los huesos de esta capilla son anónimos, salvo los de un obispo portugués asesinado por los soldados napoleónicos que invadieron el país en 1806. Asimismo, destacan dos momias colgadas en uno de los muros, pertenecientes a un adulto y un niño.

Aunque la identidad de estos cuerpos se desconoce, la imaginación popular ha creado la leyenda de que pertenecieron a un padre y un hijo que maltrataban a su esposa y madre, respectivamente, quien antes de morir los maldijo a ambos: “¡Que la tierra de vuestras sepulturas no os destruya!”, exclamó. Cuando a los dos varones les llegó a su vez la hora del entierro, la tierra era tan dura que fue imposible cavarla, por lo que a los monjes no les quedó otra alternativa que colgar los cuerpos en la pared de la capilla.

Osario de Sedlec

A finales del siglo XIII, el abad del monasterio cisterciense de Sedlec (actual República Checa) regresó de Jerusalén con un puñado de tierra perteneciente al Monte Calvario, que usó para consagrar el cementerio de lugar. La noticia de aquello se regó como pólvora en las comarcas cercanas y miles solicitaron ser enterrados en dicho camposanto.

Con el paso de los años, la Peste Negra del siglo XIV (que causó la muerte del 60% de la población europea) y los terribles conflictos religiosos conocidos como “Guerras husitas” (1420-1434) hicieron crecer el cementerio hasta abarcar la extensión de casi cuatro campos de fútbol. Fue necesario exhumar la mayoría de los huesos y acondicionar como osario el sótano de la Capilla de Todos los Santos, construida a comienzos del siglo XV.

En 1870, la familia Schwarzenberg, entonces propietaria del lugar, encargó al tallista Frantisek Rint la tarea de ordenar los casi 70 mil esqueletos acumulados en el osario.

Tras años de paciente labor el resultado fue magistral, pues el artista distribuyó la mayoría de los huesos en los techos y paredes para formar motivos ornamentales. Destaca la impresionante lámpara de araña, hecha con un ejemplar de cada una de las 206 osamentas del cuerpo humano. También de huesos están hechos guirnaldas, candelabros, cruces, custodias, un cáliz y el escudo de armas de los Schwarzenberg, el cual se reprodujo al detalle, incluyendo el pájaro que pica una cabeza de turco en una de sus secciones.

Frantisek Rint no se olvidó de firmar su obra. La rúbrica puede verse en la entrada de la capilla. Y como es de esperarse, también está hecha de su material artístico. En la actualidad el osario de Sedlec recibe unos 150 mil visitantes al año.

Capilla de las calaveras de Czermna

Quien ingrese por primera vez a esta capilla polaca creerá encontrarse en la residencia de Jack Sparrow o de algún otro pirata caribeño, pues el techo tiene como decoración un buen número de calaveras con sus tibias cruzadas. Pero no hay que engañarse, ya que aunque ambos elementos son símbolos de piratería o veneno en nuestros días, hace algunos siglos representaban el alma humana.

Se trata de una pequeña parte de los 3 mil huesos que decoran los espacios de este recinto (el único de su tipo en Polonia), a los que hay que sumar los 21 mil que yacen enterrados. El párroco Waclaw Tomaszeck, con la ayuda de otros dos curas, invirtió casi tres décadas, entre los siglos XVIII y XIX, en repartir por la capilla las osamentas de los innumerables muertos que la Guerra de los Treinta Años (1618-48) y las Guerras de Silesia (1740-63), causaron en la población de la zona.

Al final sus hacedores se les unieron, pues se dice que en el altar pueden verse los cráneos de los tres sacerdotes constructores .

Vía El Universal

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