El lenguaje sí importa

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A partir de la promulgación de la Ley para Personas con Discapacidad (LPD) en enero de 2007, la lucha por romper paradigmas existentes en torno al tema y lograr una sociedad inclusiva se ha intensificado. Es notorio el esfuerzo realizado por parte de las personas con discapacidad y de las instituciones que trabajan con y por ellas, en lo atinente al lenguaje idóneo para referirse a este sector, así como a la hora de interactuar con él.

Dado que los seres humanos son por definición comunicativos, el lenguaje es una herramienta determinante en las relaciones interpersonales. Por tal motivo se prefiere el término “persona con discapacidad”, en tanto enfatiza el carácter humano de quienes tienen condiciones de discapacidad. Esto es que al ser “personas” tienen virtudes y defectos, capacidades y dificultades, sentimientos, opiniones y equivocaciones como cualquier otro individuo, y, además, viven con una condición física, sensorial o intelectual diferente, denominada “discapacidad”.

Según la LPD, se entiende que las personas con discapacidad son aquellas que por causas congénitas o adquiridas presenten disfunción o ausencia de sus capacidades de orden físico, mental, intelectual, sensorial o combinaciones de ellas; de carácter temporal, permanente o intermitente que al interactuar con diversas barreras impliquen desventajas que dificultan o impidan su participación, inclusión e integración a la vida familiar y social, así como el ejercicio pleno de sus derechos humanos en igualdad de condiciones con los demás.

Palabras como “enfermo” o “paralítico”, son inadecuadas porque aluden a lo que origina la discapacidad, mas no a esta (las enfermedades pueden curarse, las discapacidades son condiciones en su mayoría no reversibles); “discapacitado” o “minusválido” constituyen etiquetas sociales y descalifican al individuo; “mongólico”, “mocho”, “retrasado”, son vocablos peyorativos por lo que debe evitarse su uso. Usar un lenguaje adecuado para hablar de quienes tienen alguna discapacidad, con claridad y respeto es uno de los primeros pasos para la inclusión.

Las discapacidades no se “sufren” ni se “padecen”, no son “problemas” ni “impedimentos”; las personas tienen o presentan condiciones de discapacidad. Es preciso que se hable de ellas sin dramatismo, con naturalidad, y evitar subestimarlas o sobredimensionarlas.

Ciego, sordo, autista o persona en silla de ruedas, no son expresiones ofensivas ni incorrectas y quienes tienen estas condiciones no las rechazarán si se emplean con respeto. No así invidente, sordomudo, mocho o retrasado, entre otras, cuyo uso es  incorrecto y despectivo.

10% de la población mundial, aproximadamente, tiene alguna condición de discapacidad según  la OMS. El lenguaje utilizado para nombrar a estas personas muchas veces crea barreras y situaciones de discriminación.

Por eso es importante generar espacios de formación e información en los que se pueda conocer más sobre la discapacidad y quienes la viven.

Via EL UNIVERSAL

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