Washington, el corazón del sueño americano

Quizás sea porque la hemos visto hasta el cansancio en miles de películas, series y demás, donde siempre es el escenario de rebuscadas tramas políticas y militares; tal vez por el eclecticismo de su impronta, a la que también aportó nuestra cultura; o acaso por el poder (político, económico y militar) que representa para todo el mundo. Sea por lo que fuere, lo cierto es que Washington DC (Distrito Columbia), la capital de Estados Unidos, es imponente y, si se quiere, hasta algo altanera (dicho esto último con el grado de envidia correspondiente).

Elegante y moderna, bulliciosa como toda capital pero estrictamente ordenada y limpia, Washington exhibe un fuerte simbolismo, del cual es difícil mantenerse al margen. Toda la ciudad está “salpicada” de monumentos (algunos majestuosos) que recuerdan a las personalidades políticas, militares y sociales (y también gestas épicas), que moldearon el ideario y la identidad cultural e histórica de Estados Unidos y que aún puede respirarse y sentirse, mientras se camina por sus impecables calles y parques (tiene el mayor porcentaje de espacios verdes de todo el país) y se admira la arquitectura de sus edificios y caserones.

Washington, el corazón del sueño americano

Esa solemnidad patriótica se ve reforzada por el hecho de que aquí tienen su sede los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), cuyos ministerios, secretarías y direcciones están distribuidos en los cientos de modernos edificios emplazados en el downtown (el centro de la ciudad). Es decir, aquí se incide, en mayor o menor medida, no sólo sobre las vidas de las casi 300 millones de personas que residen en este país, sino de la mayoría del resto de los 7 mil millones que poblamos el orbe. Y esa suerte de “poder supremo” se nota hasta en el semblante de sus algo más de 600 mil habitantes, muchos de ellos funcionarios públicos de esas dependencias. De allí su ligero costado altanero.

En bici o en subte

Limitando con el Estado de Virginia al oeste y envuelta por Maryland al norte, sur y este, Washington DC es una ciudad que homenajea y piensa el pasado, pero bien plantada en el presente (tal vez con algo de nostalgia) y mirando hacia el futuro.

Si el clima acompaña, la ciudad, más chica que la ciudad de Buenos Aires (203 kilómetros cuadrados frente a los 177 kilómetros cuadrados de Washington), invita a caminarla e incluso a realizar algunos trayectos en bicicleta. Como en las calles porteñas, existe un sistema de alquiler de bicicletas públicas. Hay 440 estaciones distribuidas por la ciudad y su funcionamiento es muy similar al de Buenos Aires. Es decir, se pueden retirar en un puesto y se las devuelve en otro cualquiera, aunque no son gratuitas. Los 30 minutos cuestan 2 dólares (alrededor de 35 pesos al cambio de hoy) u 8 dólares por todo el día. El valor es proporcional al tiempo utilizado, por lo que, si se devuelve antes del tiempo estipulado, el saldo es menor. Eso sí, la ciudad tiene bastantes pendientes y subidas, algunas pronunciadas. A tenerlo en cuenta si no se cuenta con un buen estado físico.

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La larga escalera mecánica de la estación de subte Dupont Circle (Fernanda Iturrieta).

Si las condiciones o las ganas no lo permiten, el transporte público es la opción lógica. La ciudad cuenta con uno de los sistemas de transporte más seguros, limpios y eficientes del mundo, con aplicaciones para celulares que brindan toda la información sobre sus recorridos y horarios. El Metrobus (sí, como el de acá) cuesta 1 dólar (algo más de 17 pesos argentinos). Es el transporte más económico y funciona las 24 horas. Tiene cientos de rutas por toda Washington. Los autobuses funcionan con gas natural comprimido o con un sistema eléctrico híbrido que permite cuidar el medioambiente.

El subte es la alternativa más seductora. Es más caro (el viaje ronda los 2,30 dólares) que el bus, pero es más rápido y hasta pintoresco, como cuando sale a la superficie y cruza por un puente el río Potomac. El sistema de cobro es similar al de la Argentina: tiene una tarjeta (como la SUBE) con la que se abona el recorrido. Se adquiere en las estaciones, que cuentan con expendedoras automáticas. La tarjeta cuesta 2 dólares y el viaje promedio puede llegar a 2,30 dólares. Todo se carga en la máquina, que se abona con la tarjeta de crédito o efectivo. Las líneas se definen por colores y todas funcionan desde las 5 hasta las 24 de lunes a viernes, y de 7 hasta a 3 de la tarde los fines de semana. El taxi es más caro, aunque no mucho. Por eso, lo más recomendable es reservarlo para ocasiones especiales. También es muy utilizado el sistema Uber. Para eso hay que registrarse a través de los dispositivos móviles.

Una perlita del metro: no se pierda visitar la estación Dupont Circle. En su diseño no notará nada especial con respecto a las otras. De hecho, todas las estaciones fueron diseñadas iguales con el objetivo de diferenciarlas de subtes de otras ciudades. La particularidad es su larguísima y altísima escalera mecánica hacia la superficie. Da vértigo de verdad. Si no es la más alta y larga del mundo pega en el palo.

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Lápidas de veteranos de guerra y la Tumba al Soldado Desconocido en el cementerio de Arlington (Fernanda Iturrieta).

Arquitectura monumental

El sitio más emblemático a visitar es, desde luego, la Casa Blanca, la sede del Gobierno estadounidense que vimos estallar o ser furiosamente atacada por extraterrestres o terroristas muy muy malos en muchas películas. Allí vive y trabaja acaso el hombre más poderoso del mundo. Es movilizante. Albergó a todos los presidentes de la historia estadounidense, excepto George Washington. Un pedazo de más de 200 años de historia viva.

Entrar no es imposible, pero tampoco fácil. Existen dos recorridos para hacer: uno de 30 minutos y otro de una hora, con guías que relatan la historia del edificio más famoso del mundo. Para acceder se debe contactar a la Embajada de la Argentina en Washington para que gestionen las visitas. Este trámite hay que hacerlo con tiempo (seis meses como máximo y tres semanas como mínimo), porque hay una larga lista de espera.

Siguiendo camino hacia el sur, nos encontramos con The Ellipse Park, que está justo detrás de la Casa Blanca. El parque es circular y tiene más de 200 mil metros cuadrados de superficie de un césped verde intenso y celosamente cuidado. Allí acampaban las tropas de la Unión (los partidarios del presidente Abraham Lincoln) durante la Guerra de Secesión, entre 1861 y 1865. Pero, aunque el lugar se muestre seductor, no lleve reposeras, la vianda o la pelota de fútbol para hacer un picado. Está prohibido pisarlo.

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Desde su apertura, a principios del siglo XIX, el Capitolio alberga las dos cámaras del Congreso y es una de las principales atracciones de la ciudad.

Continuando hacia el sur, bajando por la calle 17th NW (pasando frente al edificio de la OEA), arribamos al sitio más visitado por los turistas que llegan a esta ciudad: el National Mall o Explanada Nacional, en cuyo centro se erige el monumento emblemático del país, destinado a la memoria del primer presidente y líder de la revolución, George Washington (un prócer nacional con trascendencia fuera del país como nuestro José de San Martín). Es el célebre Obelisco, casi tres veces más alto que el de Buenos Aires (169 metros frente a 67). Fue inaugurado en 1848 y se convirtió en la estructura más alta del mundo en ese entonces, hasta que en 1889 lo destronó la Torre Eiffel en París, Francia.

El National Mall es un inmenso parque delimitado al norte por la avenida Constitution, que se extiende de oeste a este (o viceversa) y al sur por la avenida Independence. Cerrando su extremo oriental está ubicado el imponente Capitolio, orientado hacia el oeste, donde funciona el Congreso de Estados Unidos. Al otro lado, hacia el oeste, se levanta el memorial más popular, que mira a su vez hacia el este, dedicado al decimosexto presidente de la historia estadounidense, Abraham Lincoln. Como éste último está elevado, ya que está erigido sobre una loma, desde allí se puede observar el Obelisco -en perfecta línea recta hacia abajo- y, detrás, más lejos, el Capitolio. Es maravilloso.

En rigor, el National Mall se extiende desde el Obelisco (entre las calles 17 y 15) hacia el este, hasta el Capitolio. No obstante, comúnmente también se incluye la parte oriental que cierra el Lincoln Memorial. Dentro de este inmenso predio están emplazados cientos de monumentos y obras de arte. Entre otros se encuentra el estanque reflectante del monumento a Lincoln (o Lincoln Memorial Reflecting Pool, en inglés). Impresiona con sus 618 metros de largo por 51 metros de ancho. Ojo: emular allí “los pies en la fuente” de la liturgia peronista de 1945 puede traer problemas con los vigilantes, tan celosos del respeto a las normas como de la (obvia) ignorancia del acto popular. También alberga los memoriales a las víctimas de las guerras de Corea Vietnam y de la Segunda Guerra Mundial.

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Washington fue diseñada y fundada en 1790 para funcionar como centro neurálgico de la entonces incipiente república (Fernanda Iturrieta).

Joyas del Instituto Smithsoniano

Pero lo más apasionante que este sitio atesora – sin perjuicio del alto significado político y social-, son los museos y galerías de arte, que se extienden a lo largo de sus márgenes norte y sur. Ese circuito es un sublime compendio del conocimiento de la historia de la humanidad.

Se trata de los Museos Smithsonianos, debido a que son administrados por el prestigioso Instituto Smithsoniano, un centro de educación e investigación fundado en 1846. Todos son de entrada gratuita, modernos e impecables. Cuentan con todas las herramientas tecnológicas de punta (cines 3D y 360°, simuladores, plataformas digitales, entre muchas otras cosas), que se complementan con la muestra de objetos originales, únicos. Entretenido y muy didáctico, el recorrido abarca los museos Nacional de Historia y Nacional de Historia Natural, los jardines de esculturas y los edificios occidental y oriental de la Galería Nacional de Arte, Jardín Botánico, los museos Nacional de Historia Nativa (el más nuevo, inaugurado en setiembre de 2016), Nacional del Aire y el Espacio, Hirshhorn y Jardín de Esculturas, Edificio de Artes e Industrias, Institución Smithsoniana (“El Castillo”), las Galerías de arte Freer y Arthur Sackler y el Museo Nacional de Arte Africano. Uno puede pasarse el día entero recorriéndolos. Es agotador pero sumamente edificante.

En cuanto a la comida, tanto sobre la avenida Constitution como por la avenida Independence se encuentran estacionadas -una tras otra en una larga hilera- numerosos foodtruck (camiones de comida), que ofrecen platos y bebidas de todo el mundo. Especialidades mexicanas, árabes, filipinas y hasta coreanas pueden hallarse entre la amplia variedad. Además, se puede comer por menos de 4 dólares (unos 70 pesos argentinos).

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El Smithsonian National Museum of the American Indian (AFP Photo_Tim Sloan).

Un buen consejo para tener en cuenta: como el National Mall (con sus museos, galerías y monumentos) es enorme y, teniendo en cuenta que cuando uno viaja quiere perderse lo menos posible de los lugares que visita, mejor reserve otro día para recorrerlo. De esa manera no andará a las apuradas de un museo a otro, llevando la fuerte sensación de que algo le quedó pendiente por visitar.

Dejando al National Mall rumbo al este, justo detrás del Capitolio, se ubican -entre las calles 1era y 2da, separadas por la calle East Capitol- otros dos edificios majestuosos, dignos de ser visitados: la Biblioteca del Congreso y la Suprema Corte de Justicia. Se pueden recorrer con guía y son gratuitos. Con suerte, hasta se puede presenciar algún juicio que celebre la Corte, cuyos pocos casos por año sólo son los más relevantes. Al Capitolio también se puede ingresar gratis y estar presente durante la realización de una sesión legislativa.

Del otro lado del National Mall, al oeste, la dirección obligada lleva al Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan los restos de los veteranos de todas las guerras de Estados Unidos, desde la Guerra de Independencia contra el Imperio británico, pasando por las dos guerras mundiales del siglo XX, hasta las incursiones militares en Afganistán e Irak. Se aprecian miles de cruces blancas hasta donde alcanza la vista. La Tumba al Soldado Desconocido, con su ceremonia de cambio de guardia cada hora, y los sepulcros del ex presidente asesinado John Kennedy y suesposa, Jaqueline Onassis, escoltados por las “llamas eternas”, son los lugares más destacados.

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Vista aérea del National Mall, con el obelisco que homenajea a Washginton y la Casa Blanca (REUTERS/Joshua Roberts).

Pero para llegar al cementerio hay que cruzar antes el río Potomac, que delimita Washington con el Estado de Virginia, donde se asienta la necrópolis. El puente también es un monumento: el Arlington Memorial Bridge, proyectado en 1886, aunque recién se construyó casi 50 años más tarde, en 1923. El motivo del retraso se debió a la insólita discusión entre los políticos acerca de si el puente debía ser un monumento y, si así se decidía, a quién o qué iba a homenajearse. Es de estilo neoclásico, con base de piedras y acero, y en el centro es levadizo para que pasen las embarcaciones que navegan por el río.

Pegado al cementerio, hacia el sur, también del lado del Estado de Virginia, se encuentra el enigmático edificio del Pentágono, la sede del poderosísimo Departamento de Defensa de Estados Unidos. La mayoría de las cosas que allí suceden son absolutamente secretas, por lo cual no se puede visitar. Tampoco es posible apreciar demasiado desde afuera. Luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, las autoridades construyeron enormes muros de protección que ocultan parcialmente el panorama.

Costeando el río Potomac

El zigzagueante cauce del río Potomac, el cuarto más grande de la Costa Este, que corre de norte a sur desembocando en la bahía de Chesapeake en el océano Atlántico, le da forma a todo el largo del costado occidental de Washington. Representa el límite geográfico con el Estado de Virginia. Se puede navegar la extensión del río en bote, kayak, velero o tabla, que se alquilan a lo largo de la costa, desde Old Town Alexandria hasta Mount Vernon, National Harbor, National Park y Georgetown.

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El río Potomac con el Lincoln Memorial de fondo (Andrew Harrer/Bloomberg).

Por su parte, el río Anacostia, de menor cauce, que baja desde el Condado de Prince George, en Maryland -al norte-, y confluye en el canal de Washington, para llevar sus aguas al río Potomac en Hains Point, al sur, atraviesa la ciudad de noreste a sudoeste. Sus aguas están contaminadas, por lo que no son un gran espectáculo, pero el camino de sirga del canal es un fascinante viaje en el tiempo. Son casi 300 kilómetros de senderos con cerrojos de adoquines de los siglos XVIII y XIX. Allí se puede hacer running o simplemente pasear.

En Georgetown

Calles empedradas y veredas de ladrillo y casas adosadas de estilo neoclásico de mediados del siglo XVIII todavía espléndidas. Caminar por Georgetown es sumergirse en la Estados Unidos colonial, pero con una característica anacrónica: son los jóvenes de hoy los que marcan el ritmo de la ciudad. Fundada en la ribera del río Potomac en 1751, al sudoeste de Washington, Georgetown parece detenida en el tiempo. Las mansiones de estilo inglés lucen como antaño y los comercios, que se aglutinan en la calle M, no desentonan con ese ambiente colonial.

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Georgetown, el Estados Unidos colonial pero con un ritmo marcado por los jóvenes.

Los jóvenes le dan a esta zona un rejuvenecimiento que acentúa la impronta del lugar. Todo se mueve al ritmo que ellos imponen. Aquí está la prestigiosa Universidad de Georgetown, la universidad católica más antigua de EE.UU., fundada en 1879. Su edificio principal, Healy Hall, fue construido en estilo románico con elementos del barroco. Entre las aulas notables de Healy Hall se incluye la Riggs Library -una de las pocas bibliotecas existentes de hierro fundido en EE.UU.-, la sala de reuniones de la Sociedad de Philodemic -antiguo club universitario de debate de la nación-, la Gran Sala de los Cardenales, la Sala de Constitución y el Salón de Carroll, con varias piezas notables de la colección de arte de la universidad.

Georgetown es famosa por no contar con una estación de subte. Se puede llegar en bus, caminando o en bicicleta (hay una estación justo en la puerta de la Universidad). El campus universitario puede visitarse, con entrada gratuita.

MINIGUIA

Cómo llegar

Nueve aerolíneas ofrecen vuelos desde Buenos Aires hastaa Washington con una escala. No hay vuelos directos. Ida y vuelta por United Airlines (el más económico) con una escala en Nueva York, $ 15.597; incluye impuestos. LATAM, Aeroméxico, Delta, Copa, Avianca, American, Aerolíneas Argentinas y Air Canadá también tienen frecuencias, con una o dos escalas. Ida y vuelta, de $ 16 mil a $ 21 mil.

Dónde alojarse

Las opciones de alojamiento son muchas y hay para todos los gustos. La noche en base doble, entre $ 2.100 y $ 14 mil.

Habitación doble en el hotel 4 estrellas One Washington Circle-A Modus, $ 2.979 con TV cable, estacionamiento, wi-fi, gimnasio y piscina; desayuno, $ 277; admite mascotas (www.thecirclehotel.com).

Habitación doble en el hotel Days Inn Washington DC (av. Connecticut), $ 1.667 en noviembre con TV cable, estacionamiento y wi-fi (www.dcdaysinn.com).

Departamento para seis personas Penthouse Condo, $ 1.921. Cuenta con dos habitaciones, aire acondicionado, cocina, lavavajilla, cafetera, TVcable y wi-fi (www.condos.lifeatthetop.com).

Albergue y hostel HI-Washington DC, $ 458 por persona en habitación compartida; habitación doble, $ 1.745. Ofrece aire acondicionado, baño compartido y wi-fi en zonas comunes (https://hihostels. com/es/hostels/hi-washington-dc).

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La Suprema Corte de Justicia. Washington es sede de los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial (AFP Photo / Getty Images North America / Mark Wilson).

Moneda

Un dólar equivale a 17,85 pesos argentinos

Atención

Para ingresar a Estados Unidos en calidad de turista es obligatorio tramitar una visa ante la Embajada de ese país en la Argentina (https://ar.usembassy.gov).

Cuánto cuesta

Pasaje de bus urbano, US$ 1. Las distintas líneas recorren casi toda la ciudad.

Promedio de viaje en subte, US$ 2,30; tarjeta para viajar, US$ 2.

Promedio de viaje en taxi, US$ 5.

Comida en food trucks (frente a Museos Smithsonianos), desde US$ 6. En restaurante, con entrada y vino, desde US$ 30.

Entrada a museos, gratis.

Subir a la cima del Obelisco (Monumento a Washington), US$ 1,50; para reservar, www.recreation.gov.

Teatros y salas de arte, desde US$ 3.

 

www.washington.org

www.usatourist.com

www.visittheusa.co

www.georgetowndc.com

Vía Clarin

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